lunes, 26 de septiembre de 2011

Jalisco y Zacatecas viven violencia por disputa del narco


Zacatecas y Jalisco tienen una región común donde las leyes son dictadas y ejecutadas por la delincuencia organizada, aseguran los lugareños. Los habitantes que aún quedan aprenden a vivir con rabia y miedo.  Esta zona limítrofe regida por dos grupos criminales, Los Zetas y los que llaman chapos o chapitos, que son resultado de una alianza entre integrantes del cártel del Pacífico dirigido por Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, y el cártel del Golfo.

La vida de miles de jaliscienses y zacatecanos depende de los que ganan el último enfrentamiento.
Desde Jalisco hasta la frontera norte de México existe un corredor de tráfico de mariguana y cocaína utilizado tradicionalmente por el cártel encabezado por el Chapo Guzmán.
         
No obstante, hace algunos años, el paso fue asaltado por Los Zetas e inició una guerra que entre los límites de Jalisco y Zacatecas ha dejado en 2011 más de 200 muertos, según autoridades de ambas entidades, y un número no preciso de desaparecidos.

Las últimas dos semanas fueron privadas de su libertad al menos 17 personas entre Tlaltenango de Sánchez Román, Teúl de González Ortega, Tepetongo, Atolinga y Monte Escobedo, en Zacatecas; y Mezquitic y Santa María de los Ángeles, en Jalisco.

Casi ninguno de los plagios se denuncian por miedo. “Mi esposo tenía un primo que se metió con Los Zetas. Yo ya le había dicho que no lo frecuentara pero no me hacía caso. Un día en la noche vinieron los otros, Los Chapos, y se lo llevaron, lo sacaron de la cama. Ya no me lo van a regresar aunque él no haya tenido nada que ver con ellos”, relató una mujer entre lágrimas, resignada a que su marido no vuelva jamás.

En esta zona serrana el miedo y la frustración tienen rostro, nombre y apellido, pero todos en cada casa, en cada poblado, dicen que el silencio es el arma para sobrevivir.
Hace unos días, cuentan, en una cantina de Teúl de González Ortega, un hombre alardeó que conocía al jefe de la plaza. Apenas terminaba de decirlo, cuando fue sacado a la fuerza por dos sujetos; aún sigue desaparecido.

Trabajos de “halcones”

Los municipios tienen halcones, es decir, vigilantes distribuidos en sitios estratégicos. Esto permite anticipar un ataque imprevisto, ya sea de alguna autoridad o grupo contrario.

No hace falta conocer a los halcones para saber quiénes son. En Teúl de González Ortega, García de la Cadena, Florencia de Benito Juárez, Jalpa, Tepechitlán, Tabasco y Monte Escobedo, Zacatecas, la organización que gobierna en turno mantiene camionetas con al menos dos sujetos en carreteras de acceso. Del lado de Jalisco, en San Cristóbal de la Barranca, Mezquitic, Huejucar, Totatiche, Huejuquilla El Alto, Chimaltitán, San Martín de Bolaños, Villa Guerrero y Santa María de los Ángeles, la táctica es la misma. Los vigilantes reportan a los mandos o jefes de sicarios el paso de vehículos oficiales y los que son ajenos al municipio.

En localidades como Florencia y Atolinga, en Zacatecas, instalan retenes casi permanentes para tener un mejor control de los vehículos que entran y salen. En Huejucar, Jalisco, es recurrente la práctica. Horas antes de alguna incursión militar o policial, desaparecen los halcones y sicarios.

“Sabemos cuándo van a pasar militares o patrullas de la policía estatal. Es que, cuando ellos van a pasar, unas tres o cuatro horas antes, no están los halcones. La gente no sale a la calle porque no vaya a pasar que se agarren a balazos y uno en medio”, dijo casi en secreto un hombre de la tercera edad en Huejuquilla El Alto.
El poder se turna al vencedor de la última batalla. Si Los Chapos controlaban la plaza, Los Zetas llegan en una emboscada y matan a todos los contrarios, y viceversa. Florencia es el caso del que aún habla toda la región. El pasado viernes 20 de mayo, integrantes de ambos grupos se enfrentaron durante más de tres horas en calles del municipio.

El saldo oficial fue de diez muertos y unos cuantos vehículos asegurados. Sin embargo, los habitantes desmienten los comunicados emitidos por la Secretaría de la Defensa Nacional y el gobierno de Zacatecas.
La historia que conoce el pueblo es distinta. “Por el 10 de mayo llegaron unas treinta camionetas con muchos hombres y mujeres. Antes estaban Los Zetas. Esos ‘jijos’ nos tenían azorados con secuestros y extorsiones, pero llegaron los de las camionetas. Unos días no vimos a los halcones de Los Zetas ni a los de las camionetas. El 19 de mayo fueron casa por casa a pedirnos que al día siguiente nadie saliera de sus casas porque se iba a poner feo”.

“Y así fue. A las 9:00 horas del viernes (20 de mayo) se empezaron a escuchar los disparos allá por la salida hacia San Lucas Evangelista. Nomás oíamos los tronidos y las explosiones. Todo terminó hasta después de la una de la tarde. Luego nomás escuchábamos gritos, y ya todo quedó en calma. Más o menos una media hora después llegó el Ejército, ya que todo había pasado”, contó un hombre tras el mostrador de un negocio.

Luego de cerciorarse que un sujeto que ingresó al local se había ido, concluyó: “no me haga caso y pregunte a todos, bueno, si no lo matan antes de regresar a su casa, le van a decir que ese día hubo más de 70 muertos, pero Los Chapos dejaron que Los Zetas se llevaran los cuerpos que pudieron en el camión de la basura del municipio. Eso de las noticias fue una vacilada, había como 30 camionetas ensangrentadas que quedaron abandonadas y cuerpos regados”.

Desde entonces, la “plaza” cambió de dueño y el gobierno es de Los Chapos, dice. Aquel viernes, policías y autoridades municipales se tomaron el día. La presidencia y la comandancia estuvieron cerradas.

En la zona wixarika (huichol) y Teúl de González Ortega echan abajo cualquier discurso. En Mezquitic, municipio más extenso de Jalisco, habitan unos 10 mil huicholes. Hace dos años era el área más tradicional de la entidad. Era visitada tanto por turistas nacionales como por extranjeros. Las comunidades vivían con lo que dejaban europeos y canadienses por la venta de artesanías, principalmente.

En el presupuesto estatal, aún hay recursos destinados para promover el turismo en la llamada “Ruta Wixarika”. No obstante, desde el año pasado ya no se observan visitantes.

Las tradiciones mueren y los huicholes emigran a ciudades o son reclutados por la delincuencia organizada.
El caso de Teúl no es diferente. Hace poco más de cuatro meses el gobierno federal otorgó a este municipio zacatecano la denominación de Pueblo Mágico por sus tradiciones y arquitectura. Para los habitantes es una burla tal reconocimiento. “(Las autoridades) no se dieron cuenta de que la ‘plaza’ no es de ellos, hay un retén casi permanente de Los Chapos, eso dice todo. Aquí la policía está acuartelada y no hay autoridad más que la de los narcos. Mágico sería que se animen a venir turistas”.

“Que arreglen el pueblo y que esté muy bonito no nos sirve de nada. Sal a la calle, todos los negocios están cerrados, las calles solas”, mencionó un joven empleado del ayuntamiento. En toda esta franja limítrofe las carreteras son poco transitadas durante el día y están desiertas por las noches.

De día, la vida aparenta normalidad con niños en las calles, negocios abiertos y personas en las plazas, pero alrededor de las 20:00 horas todos se van a sus casas. Las calles permanecen solas en un toque de queda sobreentendido. La situación ha obligado a muchos a irse.

En los censos la emigración se mantiene en un ritmo similar al de años anteriores, sin embargo, el miedo y las amenazas han hecho huir a familias enteras. En los pueblos se cuentan con tristeza las historias de los desplazados. “Cinco familias completas dejaron todo y se fueron. Es que hace unos dos meses mataron a uno de los pesados y dijeron que iban a matar a todos los que fueran familiares o amigos o que tuvieran algún negocio aunque sea legal con ese hombre, y entonces empezaron las matazones y mejor se fueron con todo y familia”, contó angustiado un hombre de Chimaltitán.

En cada uno de los municipios visitados los habitantes resignados perdieron la esperanza. Hay quienes esperan una oportunidad para irse, y los que ya se fueron tratarán de no volver.
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