martes, 30 de marzo de 2010

TOMO EL EJERCITO 5 HORAS EL CONTROL DEL TEC; LA PGR YA TIENE LOS VIDEOS



Monterrey.- Al aterrado guardia del Tec que siguió la refriega entre militares y matones desde la penumbra de un baño cercano a la reja, se dirigieron los soldados: “¡Vamos a entrar, para buscar más maleantes!”.

No hubo resistencia. No la habría por cinco horas, de la una de la madrugada a las seis de la mañana, cuando elementos del Ejército anunciaron a los vigilantes el fin del operativo.

“Sólo un favor: limpien la zona”, les pidieron. Se referían a las manchas de sangre en el área contigua a la puerta de Garza Sada y Luis Elizondo, tanto dentro como fuera del Tecnológico y por donde Jorge Antonio Mercado y Javier Francisco Arredondo intentaron escapar, sin conseguirlo, de granadas y proyectiles.

“No era nada fácil para un guardia prohibir el acceso al Ejército”, diría el rector Rafael Rangel Sostmann.

Los militares ordenaron concentrar a los estudiantes en la biblioteca y reunir en un solo punto a los hombres de seguridad interna. Se adueñaron del campus.

“Metieron a los alumnos a la biblioteca y levantaron una lista, mientras inspeccionaban las instalaciones. Junto a un amigo, me quedé en otro edificio; queríamos ir a registrarnos, pero tuvimos miedo, porque pensamos que si los soldados nos veían caminar a lo lejos, iban a disparar”, narraría Mauricio Santos, de Comunicación.

Ahí, aprisionados entre estantes de libros, los universitarios comenzaron a compartir sus vivencias y a divulgarlas por internet. Dos fueron las más impactantes: durante el choque habían caído estudiantes y policías locales habían obstruido las acciones castrenses.

El despliegue militar se extendió a los alrededores del Tec. “Después de una fiesta, pasé frente al campus como a las dos de la mañana. Garza Sada y Luis Elizondo estaban repletas de soldados encapuchados y con armas largas, algunos ocultos en postes o columnas; había bloqueo de automóviles y en el Tec, a diferencia de otras noches, no se registraba movimiento”, relataría el alumno Kevin Charles.

Alejandra, otra joven que pasó por el lugar, decidió grabar las operaciones militares, pero fue detectada por un uniformado:

“¿Qué grabó?”, le preguntó en tono hostil y sin esperar respuesta le exigió: “Borre todo lo que tenga”.

Describiría el rector Rangel: “Hasta la madrugada, nadie tuvo acceso a nada. Los del Ejército levantaron los cuerpos en unas bolsas y de las identificaciones nada se supo. Sólo nos pidieron los videos (tomados por cámaras de seguridad), nos entregaron las manchas de sangre y nos dijeron: ‘ahora sí, límpienlas’”.

Voy con Dios. La mañana del lunes 15 don Lorenzo y doña Rosa salieron a despedir a Jorge, quien había viajado a Saltillo para pasar juntos el fin de semana.

—Quiero terminar la tesis, porque tengo asegurado un trabajo, les comentó en la puerta.

—Vete con cuidado, le pidió su padre.

—Te queremos mucho, le dijo su madre.

—También los quiero… Voy con Dios y si no regreso, es porque estoy con Dios, fue la última frase del becario, mientras recibía el beso final.

Nunca más lo vieron…

El jueves 18, a las dos de la tarde, Jorge llamó a casa.

“Tengo mucho trabajo y sueño pero, ¿qué crees?, a Javier se le ocurrió enfermarse y tengo que acompañarlo por unos estudios”, le contó a doña Rosa, y le dijo adiós con dos palabras: “Te amo”.

Once horas después Jorge y Javier, entrañables amigos y los mejores de la clase, estarían muertos.

Tras un sueño intranquilo, al amanecer del viernes 19, doña Rosa le confió a su esposo que hacía mucho tiempo no veía un día tan triste. Ella salió de compras y él encendió la televisión cuando se reportaba el tiroteo nocturno, con un saldo de “dos sicarios muertos”.

Fueron horas de zozobra, por las insistentes llamadas de familiares que preguntaban por Jorge y por el lacerante buzón del celular.

A las 2 de la tarde los padres optaron por viajar a Monterrey, en busca de su hijo.

Llegaron directo al departamento donde vivía, a unos 120 metros del Tec. “Estamos preocupados, porque después de los balazos no supimos nada de ellos”, dijo el conserje.

Ya en el Tecnológico, fueron remitidos con el licenciado Bocanegra, jefe de investigaciones de la institución.

—¿Podemos ver los videos?, solicitó don Lorenzo.

—Sí, pero primero presenten una denuncia en la Ministerial , sugirió y les asignó un abogado.

Los atendió el agente Frías, del área antisecuestros: tomó su declaración y pidió detalles físicos de Jorge y una fotografía, para verificar que no fuese alguno de los cuerpos en el Forense.

“Vayan al Campo Militar, rumbo a Laredo, lo más seguro es que los soldados se lo llevaron”, recomendó.

Se encaminaron entonces a las instalaciones militares. “Aquí no tenemos a nadie, cuando agarramos a una persona, la entregamos a la PGR, vayan allá”, replicaron los mandos.

Rumbo a la sede de la PGR, telefoneó el agente Frías: “No se preocupen, no hay ningún cadáver con las características de su muchacho”.

“Las palabras del agente nos dieron paz, pensamos que nuestro hijo estaba en alguna cárcel”, recordaría don Lorenzo.

Pero en la PGR no hubo buenas noticias: “Si los soldados traen gente, la llevan a sus cárceles”, dijeron.

Salieron casi a la medianoche de la Procuraduría: desconcertados, sin pistas y con el sabor amargo de la burocracia y la indiferencia.

Marco, hermano de don Lorenzo, se propuso para una segunda visita al anfiteatro. Al poco rato llamó: “Tranquilos, ya me enseñaron las fotos, nada que ver con Jorge”.

“No comprendo por qué no lo reconocí, me sentí muy mal cuando se confirmó que sí eran ellos”, diría después el tío Marco.

Un viaje. El viernes por la noche las autoridades del Tec avisaron a don Jesús Arredondo, tío de Javier, de la desaparición… Javier vivía con sus tíos en Saltillo desde que inició la licenciatura en mecatrónica, la cual no se impartía en Todos Santos, Baja California Sur, la tierra de sus padres.

Don Chuy desfalleció y debió ser su hermana, su cuñado y sobrinos quienes, en plena madrugada sabatina, partieron a Monterrey.

Las dos familias se reencontraron la mañana del sábado 20 en el Tec y solicitaron de nuevo el video del tiroteo.

“Necesitamos saber qué ropa traían”, atajó Bocanegra. A cambio, los directivos ofrecieron un abogado de mayor experiencia… Fue él quien, ante la resistencia de los familiares (“mi hermano y el agente ya lo desecharon”, objetaba don Lorenzo), dispuso volver al Semefo y descartar que los dos cuerpos fueran los de Javier y Jorge.

Diría doña Rosa: “Íbamos bien seguros que no eran, que no nos tocaba este dolor”.

Jorge fue sepultado el lunes al mediodía. Y por la noche, los restos de Javier fueron trasladados a Todos Santos, Baja California Sur.

El matrimonio Mercado Alonso ha encontrado fortaleza en su fe cristiana: como remedio contra la soledad, decidieron imaginar que Jorge ha viajado a otra ciudad y mientras no regrese de esa travesía, mantendrán intacta su habitación, con la mesita de computadora, los trofeos de atleta, los diplomas escolares y la colección de carritos que reunió desde la niñez.

Aureliano Arredondo, papá de Javier, se resiste al rencor: “No quiero odiar, porque me lastima y estoy enfermo, sólo le pido a Dios que perdone a quienes mataron a mi hijo…”.
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